28 enero 2014

NO PARO DE SORPRENDERME CON LOS MÚSICOS

Piensas que has oído mucha música ya en tu vida; sobre todo interpretaciones de algunas obras que por ser tus favoritas, las has escuchado tanto que te las conoces hasta el punto de parecer que las hubieras tocado tú toda la vida; y acudes a un concierto en el que te defrauda la interpretación de unas de tus sonatas preferidas, buscas una grabación discográfica para resarcirte y, sin mucha fe, te sale al pasdo una grabación de una pareja de hermanos jovencísimos los Khachatryan —Sergey y Luise— y zas, una bofetada en la cara. ¿Por qué? Porque ofrecen unas versiones de la Sonata para violín y piano de Franck y las de las tres de Brahms de una profundidad (por intensidad emocional) y altura (por calidad de sonido) fuera de lo normal y menos en intérpretes de tan poca experiencia —¡jóvenes!, con perdón— y eso es lo que me ha dejado tan perplejo.



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