29 enero 2006


El joven autor de óperas

En el mes de septiembre de 1767, la familia Mozart, empujada por la ambición de sacar partido a las nupcias de María Josefa (hija de la emperatriz María Teresa, la gran protectora del Wolfgang niño), emprende con estas expectativas un viaje a Viena, donde permanecerá todo el año de 1768. Las ilusiones y el objetivo de Leopold – el padre Mozart– tropiezan, sin embargo contra graves adversidades: primero la epidemia de viruela (con la consiguiente “fuga” de los Mozart al retiro de Olomouc, para escapar del contagio), y luego las repercusiones de la muerte del emperador (con el nuevo tren de austeridad y economía de la casa imperial, inaugurado por María Teresa y su hijo José II y, finalmente, la actitud hostil hacia la actividad musical del joven músico (así, la ópera La finta semplice, K 51, víctima de este solapado obstruccionismo, no llegó a estrenarse).

Uno de los pocos paréntesis de serenidad de este año en la capital imperial fue la invitación de un curioso personaje vienés, el doctor A. Mesmer, pionero del magnetismo, para que compusiera un “singspiel” (género teatral típicamente alemán, dividido en partes cantadas y recitadas, parecido a la “opéra-comique” francesa, a la “ballad-opera” inglesa y a la zarzuela española), que se representaría poéticamente en su teatro al aire libre. Para la redacción del libreto, Mozart se dirigió a F.W. Weiskern, el cual, inspirándose en la célebre comedia pastoril de J.J. Rousseau, Le devin du village (El adivino del Pueblo), de 1752 (y más precisamente en la “parodia” que de la misma circulaba a la sazón, elaborada por Madame Favart sobre el texto de Rousseau), adaptó al singspiel vienés, si bien con medios rudimentarios y en un lenguaje algo pesado, la eterna historia de los dos amantes y del mago que devuelve a la persona amada. En la escritura del libreto o, mejor dicho, en la traducción a verso de algunos diálogos, colaboró también con Weiskern A. Schachtner, trompa miembro de la orquesta de Salzburgo y gran amigo de los Mozart.

Mozart como es de suponer, se prendó de este ingenuo libreto-fábula y, aún entusiasmado por la música teatral escuchada en París (las óperas de F.A. Philidor, A. Grétry y P.A. Monsigny, creadores de la “opéra-comique” francesa, pero más aún las canciones de baile de Speronte), compuso con facilidad, en poco más de un mes, esta breve, ingenua y serena partitura.

Puede apuntarse que entre los logros de esta ópera, que, aunque más sencilla, es más coherente que su coetánea La finta semplice, están la sobriedad y simplicidad de la construcción –no hay arias propiamente dichas, hay más bien canciones (lied)– y la utilización de los instrumentos de viento, incluidas sorprendentemente las flautas.

Algunos fragmentos revelan a un liederista nato, que sabe fundir el arte culto con el arte popular, y sitúan desde este momento la capacidad inventiva de Mozart.

En esta ópera aparecen dos rasgos distintos que anuncian ya el futuro en la música de este artista: la seguridad con la que se trata a la pequeña orquesta y el instinto dramático demostrado, por ejemplo, en el jovial inicio del terceto final.

A Bastián y Bastiana Mozart supo darle esa cándida plenitud estilística y ese tono cordial y populachero por los que esta operita sin pretensiones sigue manteniendo aún hoy toda su vitalidad. El cálido tono pastoril, que crea la atmósfera idónea para la acción, se mantiene eficazmente hasta el final.

Es un trabajo que aún se representa en la actualidad de cuando en cuando y muy idóneo para los teatros de marionetas y para público infantil y juvenil.

Mozart o la ópera de finales del siglo XVIII

Resumir la importancia de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) en la historia de la ópera es una tarea difícil de cumplir con satisfacción en el pequeño espacio que brinda las páginas de este programa de mano. Este compositor –considerado junto a Haydn un clásico vienés– nació con una enorme cuota aparte de talento: como dijera Joseph Van Dam «con el tiempo, uno llega a pensar que era un extraterreste».

Pero además, el pequeño Wolfgang creció y se formó en una región privilegiada, ya que el área de influencia de Viena contaba a la sazón con la condición de ser gobernada por los Habsburgos, reconocidos protectores de las artes y constructores de una capital imperial cuyo cosmopolitismo y elevado nivel cultural la situaron, en el siglo XVIII, por encima de cualquier otra ciudad europea.

Él supo desde niño que era genial, y sus contemporáneos se lo reafirmaron día a día, ya que su capacidad interpretativa y su música fueron veneradas por la gran mayoría de los aficionados a la música, cosa que sigue sucediendo aún hoy en el mundo entero.

Mirando en perspectiva el conjunto de las obras líricas que dejó, se comprende el acierto de Jean Duron al decir que «Mozart resume por sí solo todas las dudas y las reflexiones de los compositores de finales del siglo XVIII». En efecto, siempre trató de no repetir las estructuras musicales en las que incursionaba, y no obstante su espíritu apasionado, se mostró permanentemente atento al análisis de los variados aspectos teóricos y técnicos que presenta el arte operístico. A los 22 años, Mozart escribió una frase muy ilustrativa de esta actitud rigurosa: «Me gusta que un aria quede tan a la medida de un cantante como un traje bien hecho».

No hubo ningún aspecto de la lírica por el cual no se interesara y en el cual no se destacara, por eso abordó casi todas las corrientes importantes de la época: la ‘ópera seria’, la ‘ópera bufa’, el ‘dramma giocoso’, el ‘singspiel’, etcétera. En otras palabras, no le fueron ajenas ni la tradición operística alemana, ni la italiana, ni la francesa. Seguramente, además de la popularidad y de la importancia social de la ópera, lo que más le atrajo a Mozart de este género fue el desafío que supone la conjunción del teatro, la poesía, el canto y la música en una misma disciplina.
Etapas de las óperas mozartianas
La carrera teatral de Mozart, es decir su actividad en el mundo de la ópera, suele dividirse en tres períodos. El primero (de 1766 a 1772) se da a partir de su traslado a Viena, cuando siendo un niño escribe las primeras óperas bajo la atenta protección de su padre, Leopold Mozart. Apolo y Jacinto y La finta semplice se cuentan entre aquellas experiencias iniciales.

El segundo período (entre 1773 y 1780) se ubica luego de su éxito en Italia, y está marcado en su peripecia vital, por los intentos de conseguir un buen puesto cortesano desde el cual poder componer con tranquilidad. Desde el punto de vista de su producción operística, sigue siendo un período de pruebas diversas: de esta época se recuerdan Thamos y el melodrama Zaide, entre otras obras.

La tercera etapa comprende la década final de su vida y comienza con la composición de Idomeneo, una ‘ópera seria’ que todos los analistas señalan como la primera gran realización dramática de Mozart. A los 25 años entonces, como plantea Hugh Ottaway, el compositor de Salzburgo logra –bajo el influjo de los ideales de Gluck– combinar «las tradiciones italiana y francesa con gran maestría», dotándolas además de una «simpatía y penetración psicológica que constituyen la ‘modernidad’ de Mozart».

De este período de madurez datan las tres renombradas óperas que Mozart compusiera en sociedad con el libretista Lorenzo da Ponte: Le Nozze di Figaro (1786), Don Giovanni (1786) y Cossì fan tutte (1790). Las bodas de Fígaro, una ‘ópera bufa’ de ascendencia italiana, que se estrenó sin éxito en Viena, logrando al año siguiente un resonante éxito en Praga, dirigida por el propio autor. Este triunfo lo llevó a componer, pocos meses después y en tiempo récord, su famoso Don Giovanni. Mozart estaba viviendo el período más duro y doloroso de su corta e intensa vida: su hijo más pequeño y su amigo, el conde Hatzfeld, habían muerto, y la salud de su adorado padre, empeoraba día tras día. Parecería que estas dificultades templaron su pluma, llevándolo a crear situaciones dramáticas de gran intensidad que conviven a la perfección con los aspectos ‘bufos’ o graciosos, por cierto más triviales.

El malogrado genio se despediría de la ópera y de la vida con La flauta mágica (1791), que constituye la primera y tal vez la única obra maestra creada deliberadamente para las masas.
EL AÑO MOZART
Según reza en el libro de partidas de bautismo de la catedral de Salzburgo, el niño Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart nació en dicha ciudad el 27 de enero de 1756... Lo cual significa para nosotros que el año que va ha empezado estará situado bajo el signo de la música, conmemorándose en él el 250 aniversario del nacimiento del autor de La flauta mágica. Ello sin duda ayudará a mejorar el conocimiento de su figura entre un amplio número de personas que seguramente aún no han oído hablar de él, aunque para ello debamos perdonar que detrás todo este ensalzamiento se halle, también una operación de mercadotécnia cultural –a las que ya estamos aconstumbrados– que nos confunda sobre las intenciones filantrópicas de sus iniciadores.

Infantil, procaz, inmaduro, libidinoso, inestable, provocador... único. En su corta vida, Mozart vivió momentos de éxito y reconocimiento, sobre todo en la infancia, pero hubo mucho más. El distanciamiento del público, la incomprensión de algunos de sus colegas, las repetidas dificultades económicas terminaron por minar su frágil equilibrio emocional.


Para explicar el genio de Mozart basta con dar algunas cifras: murió sin haber cumplido los 36 años, y dejó un catálogo de más de 600 obras, que abarcan todos los géneros y de las cuales no menos de un centenar son de una maestría absoluta. Su música, interpretada sin interrupción, ocupa aproximadamente diez días, con sus noches respectivas. No hay que olvidar, además, que de los 13.097 días de su corta vida, 3.720 los pasó viajando por Europa, en diligencias incómodas y ruidosas, en las que sería completamente imposible trabajar.

Mozart componía música sublime a una velocidad extraordinaria. Algunos ejemplos: el concierto nº 16 para piano fue escrito en una semana; el impresionante nº 20, uno de los mejores en su género de la historia de la música, incluso en menos días; la ópera 'Lucio Silla', en poco más de un mes... por un compositor de 16 años; 'El empresario teatral', en 16 días; 'Così fan tutte', en tres meses; 'La clemenza di Tito', en 18 días...

Y, sin embargo, este compositor cuya creatividad no tiene parangón, era también un personaje estrafalario, un niño grande que hacía niñerías, un tipo dado a lo escatológico... justo en el mismo instante en que escribía una música celestial. El niño que asombraba a Europa con sus interpretaciones casi circenses al piano vivió siempre en el adulto Amadeus. Y salía a la superficie con frecuencia, para desesperación de su familia en muchas ocasiones.

Transcurren los años, y el «milagro Mozart» sigue presente. Su obra nunca ha sido discutida, ni negada, exaltada o desvalorizada –de acuerdo con el aire de los tiempos- como ha ocurrido con la creación de otros compositores, aplaudidos en vida, olvidados al poco de morir, exhumados cincuenta años más tarde, a ritmo de las inquietudes de distintas generaciones. Y es que nadie como Mozart ilustró la teoría del «duende» de García Lorca. Por encima de su poder creador, por encima de su tremenda maestría técnica, había en él esa gracia, ese «duende», ese don de transformar en oro cuanto tocaba, que sólo se encuentra muy de tarde en tarde en la historia de un arte. El hombre capaz de dictar nuevas normas al teatro lírico, con un Don Giovanni que abre la trayectoria de la ópera moderna; el artista que ya había adivinado el romanticismo en algunas de sus Fantasías para el piano; el genio que más seguramente anunció el advenimiento de Beethoven, llega a nosotros en unas páginas tan límpidas, tan «blancas» -por la poca cantidad de tinta gastada- que dan ganas de clamar al milagro. ¿De qué está hecha la música de Mozart? De nada. Había roto con las disciplinas contrapuntísticas de sus predecesores, transformando el acompañamiento de la melodía en un mero balanceo armónico, tan sencillo en su escritura que parecía pensado para manos de niño. Donde otros hubieran puesto tremendas doblefugas, Mozart colocaba rondós juguetones, deliciosos minués, inefables cantábiles, tan simples, tan claros, que quedaron al alcance de los estudiantes de tercer año de piano y sin embargo, en todo ello hay como un soplo divino, una energía propia, una dinámica invisible, una fuerza oculta -un «no sé qué», que sólo halla una definición en ese otro «no sé qué» que era el «duende» del poeta de Yerma.

No cabe duda hoy de que Wolfgang Amadeus Mozart fue un genio, quizá el más completo que ha dado la historia de la música y uno de los más universales. Sobre pocos artistas se sabe tanto, existe una tan amplia documentación; y, al tiempo, sobre pocos se ha especulado de forma tan extraordinaria. Numerosos testimonios nos dan cuenta de las andanzas del compositor por la turbulenta Europa de mediados y finales del XVIII y nos informan acerca de sus inquietudes, gustos, preferencias, aficiones, sentimientos y carácter. No hay muchos músicos que hayan escrito tal cantidad de cartas y que se hayan mostrado tan desnudamente en ellas. Pese a todo lo dicho, no está ni mucho menos clara hoy en día la personalidad del salzburgués, cuya imagen humana y en ciertos aspectos artística todavía se ve envuelta en luces y sombras. Las más diversas teorías han corrido y aún corren en relación con su auténtica manera de ser y con las causas y porqués de sus procesos creativos. Hoy nos encontramos con una figura cargada de matices, de contradicciones, de fortalezas y debilidades; las mismas que afloran en su música, en constante y perpetua búsqueda, en perenne evolución. Una música que va tan lejos como pueda ir cualquier experiencia humana y que cala tan hondo en el sentimiento como pueda hacerlo la ideada por cualquier compositor romántico. Por eso Mozart fue mucho más que un compositor galante o rococó; o incluso clásico en su más amplio sentido: es un artista pleno y universal que quizá no nos toque de manera tan directa la fibra íntima como el también genial Beethoven, con cuyos pentagramas puede que nos sintamos en principio más identificados, pero que nos deja una vía libre para que, subyugados por una belleza formal y un equilibrio rico y peculiar, nos adentremos en las profundidades del ser, de sus alegrías y sufrimientos, y Mozart lo consigue por el camino más difícil: no el de la ruptura, sino el de la modificación practicada desde dentro de las propias formas y estructuras heredadas. En tal sentido el músico austriaco no es un revolucionario, sino un fiel servidor de una tradición. Aunque ésta acabe siendo dinamitada sutilmente.

Profundo revolucionario, como lo fueron todos los grandes artistas, Mozart lo intuyó todo. Amplió las posibilidades técnicas de la orquestación, probando las combinaciones instrumentales posibles. (¿No llegó a escribir piezas para armónica, una Fantasía para reloj de música y un Andante para órgano mecánico?) Llevó la forma sonata a su plano de máxima madurez, rematando todas las búsquedas formales del clasicismo con su propia creación. Inventó, con Don Juan, el drama lírico moderno. Y en cuanto a vislumbre del futuro..., ¿no está anunciado el cromatismo de Tristán e Isolda en el andante de la Sinfonía núm. 40 ... ? Pero, como todos los genios auténticos, Mozart era revolucionario sin alardear de sedo; por propensión natural, por inventiva. El pasado y el futuro vivían en él, sin saber de fechas. Nacido hace doscientos cincuenta años, sigue presente entre nosotros, tan juvenil, tan fresco, tan adorable, como el delicioso querubín de Las bodas de Fígaro, todo estremecido de amor -siempre maravillado ante el espectáculo del mundo y del viento que le narra su historia.