EL AÑO MOZART
Según reza en el libro de partidas de bautismo de la catedral de Salzburgo, el niño Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart nació en dicha ciudad el 27 de enero de 1756... Lo cual significa para nosotros que el año que va ha empezado estará situado bajo el signo de la música, conmemorándose en él el 250 aniversario del nacimiento del autor de La flauta mágica. Ello sin duda ayudará a mejorar el conocimiento de su figura entre un amplio número de personas que seguramente aún no han oído hablar de él, aunque para ello debamos perdonar que detrás todo este ensalzamiento se halle, también una operación de mercadotécnia cultural –a las que ya estamos aconstumbrados– que nos confunda sobre las intenciones filantrópicas de sus iniciadores.
Infantil, procaz, inmaduro, libidinoso, inestable, provocador... único. En su corta vida, Mozart vivió momentos de éxito y reconocimiento, sobre todo en la infancia, pero hubo mucho más. El distanciamiento del público, la incomprensión de algunos de sus colegas, las repetidas dificultades económicas terminaron por minar su frágil equilibrio emocional.
Para explicar el genio de Mozart basta con dar algunas cifras: murió sin haber cumplido los 36 años, y dejó un catálogo de más de 600 obras, que abarcan todos los géneros y de las cuales no menos de un centenar son de una maestría absoluta. Su música, interpretada sin interrupción, ocupa aproximadamente diez días, con sus noches respectivas. No hay que olvidar, además, que de los 13.097 días de su corta vida, 3.720 los pasó viajando por Europa, en diligencias incómodas y ruidosas, en las que sería completamente imposible trabajar.
Mozart componía música sublime a una velocidad extraordinaria. Algunos ejemplos: el concierto nº 16 para piano fue escrito en una semana; el impresionante nº 20, uno de los mejores en su género de la historia de la música, incluso en menos días; la ópera 'Lucio Silla', en poco más de un mes... por un compositor de 16 años; 'El empresario teatral', en 16 días; 'Così fan tutte', en tres meses; 'La clemenza di Tito', en 18 días...
Y, sin embargo, este compositor cuya creatividad no tiene parangón, era también un personaje estrafalario, un niño grande que hacía niñerías, un tipo dado a lo escatológico... justo en el mismo instante en que escribía una música celestial. El niño que asombraba a Europa con sus interpretaciones casi circenses al piano vivió siempre en el adulto Amadeus. Y salía a la superficie con frecuencia, para desesperación de su familia en muchas ocasiones.
Transcurren los años, y el «milagro Mozart» sigue presente. Su obra nunca ha sido discutida, ni negada, exaltada o desvalorizada –de acuerdo con el aire de los tiempos- como ha ocurrido con la creación de otros compositores, aplaudidos en vida, olvidados al poco de morir, exhumados cincuenta años más tarde, a ritmo de las inquietudes de distintas generaciones. Y es que nadie como Mozart ilustró la teoría del «duende» de García Lorca. Por encima de su poder creador, por encima de su tremenda maestría técnica, había en él esa gracia, ese «duende», ese don de transformar en oro cuanto tocaba, que sólo se encuentra muy de tarde en tarde en la historia de un arte. El hombre capaz de dictar nuevas normas al teatro lírico, con un Don Giovanni que abre la trayectoria de la ópera moderna; el artista que ya había adivinado el romanticismo en algunas de sus Fantasías para el piano; el genio que más seguramente anunció el advenimiento de Beethoven, llega a nosotros en unas páginas tan límpidas, tan «blancas» -por la poca cantidad de tinta gastada- que dan ganas de clamar al milagro. ¿De qué está hecha la música de Mozart? De nada. Había roto con las disciplinas contrapuntísticas de sus predecesores, transformando el acompañamiento de la melodía en un mero balanceo armónico, tan sencillo en su escritura que parecía pensado para manos de niño. Donde otros hubieran puesto tremendas doblefugas, Mozart colocaba rondós juguetones, deliciosos minués, inefables cantábiles, tan simples, tan claros, que quedaron al alcance de los estudiantes de tercer año de piano y sin embargo, en todo ello hay como un soplo divino, una energía propia, una dinámica invisible, una fuerza oculta -un «no sé qué», que sólo halla una definición en ese otro «no sé qué» que era el «duende» del poeta de Yerma.
No cabe duda hoy de que Wolfgang Amadeus Mozart fue un genio, quizá el más completo que ha dado la historia de la música y uno de los más universales. Sobre pocos artistas se sabe tanto, existe una tan amplia documentación; y, al tiempo, sobre pocos se ha especulado de forma tan extraordinaria. Numerosos testimonios nos dan cuenta de las andanzas del compositor por la turbulenta Europa de mediados y finales del XVIII y nos informan acerca de sus inquietudes, gustos, preferencias, aficiones, sentimientos y carácter. No hay muchos músicos que hayan escrito tal cantidad de cartas y que se hayan mostrado tan desnudamente en ellas. Pese a todo lo dicho, no está ni mucho menos clara hoy en día la personalidad del salzburgués, cuya imagen humana y en ciertos aspectos artística todavía se ve envuelta en luces y sombras. Las más diversas teorías han corrido y aún corren en relación con su auténtica manera de ser y con las causas y porqués de sus procesos creativos. Hoy nos encontramos con una figura cargada de matices, de contradicciones, de fortalezas y debilidades; las mismas que afloran en su música, en constante y perpetua búsqueda, en perenne evolución. Una música que va tan lejos como pueda ir cualquier experiencia humana y que cala tan hondo en el sentimiento como pueda hacerlo la ideada por cualquier compositor romántico. Por eso Mozart fue mucho más que un compositor galante o rococó; o incluso clásico en su más amplio sentido: es un artista pleno y universal que quizá no nos toque de manera tan directa la fibra íntima como el también genial Beethoven, con cuyos pentagramas puede que nos sintamos en principio más identificados, pero que nos deja una vía libre para que, subyugados por una belleza formal y un equilibrio rico y peculiar, nos adentremos en las profundidades del ser, de sus alegrías y sufrimientos, y Mozart lo consigue por el camino más difícil: no el de la ruptura, sino el de la modificación practicada desde dentro de las propias formas y estructuras heredadas. En tal sentido el músico austriaco no es un revolucionario, sino un fiel servidor de una tradición. Aunque ésta acabe siendo dinamitada sutilmente.
Profundo revolucionario, como lo fueron todos los grandes artistas, Mozart lo intuyó todo. Amplió las posibilidades técnicas de la orquestación, probando las combinaciones instrumentales posibles. (¿No llegó a escribir piezas para armónica, una Fantasía para reloj de música y un Andante para órgano mecánico?) Llevó la forma sonata a su plano de máxima madurez, rematando todas las búsquedas formales del clasicismo con su propia creación. Inventó, con Don Juan, el drama lírico moderno. Y en cuanto a vislumbre del futuro..., ¿no está anunciado el cromatismo de Tristán e Isolda en el andante de la Sinfonía núm. 40 ... ? Pero, como todos los genios auténticos, Mozart era revolucionario sin alardear de sedo; por propensión natural, por inventiva. El pasado y el futuro vivían en él, sin saber de fechas. Nacido hace doscientos cincuenta años, sigue presente entre nosotros, tan juvenil, tan fresco, tan adorable, como el delicioso querubín de Las bodas de Fígaro, todo estremecido de amor -siempre maravillado ante el espectáculo del mundo y del viento que le narra su historia.