
Mozart o la ópera de finales del siglo XVIII
Resumir la importancia de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) en la historia de la ópera es una tarea difícil de cumplir con satisfacción en el pequeño espacio que brinda las páginas de este programa de mano. Este compositor –considerado junto a Haydn un clásico vienés– nació con una enorme cuota aparte de talento: como dijera Joseph Van Dam «con el tiempo, uno llega a pensar que era un extraterreste».
Pero además, el pequeño Wolfgang creció y se formó en una región privilegiada, ya que el área de influencia de Viena contaba a la sazón con la condición de ser gobernada por los Habsburgos, reconocidos protectores de las artes y constructores de una capital imperial cuyo cosmopolitismo y elevado nivel cultural la situaron, en el siglo XVIII, por encima de cualquier otra ciudad europea.
Él supo desde niño que era genial, y sus contemporáneos se lo reafirmaron día a día, ya que su capacidad interpretativa y su música fueron veneradas por la gran mayoría de los aficionados a la música, cosa que sigue sucediendo aún hoy en el mundo entero.
Mirando en perspectiva el conjunto de las obras líricas que dejó, se comprende el acierto de Jean Duron al decir que «Mozart resume por sí solo todas las dudas y las reflexiones de los compositores de finales del siglo XVIII». En efecto, siempre trató de no repetir las estructuras musicales en las que incursionaba, y no obstante su espíritu apasionado, se mostró permanentemente atento al análisis de los variados aspectos teóricos y técnicos que presenta el arte operístico. A los 22 años, Mozart escribió una frase muy ilustrativa de esta actitud rigurosa: «Me gusta que un aria quede tan a la medida de un cantante como un traje bien hecho».
No hubo ningún aspecto de la lírica por el cual no se interesara y en el cual no se destacara, por eso abordó casi todas las corrientes importantes de la época: la ‘ópera seria’, la ‘ópera bufa’, el ‘dramma giocoso’, el ‘singspiel’, etcétera. En otras palabras, no le fueron ajenas ni la tradición operística alemana, ni la italiana, ni la francesa. Seguramente, además de la popularidad y de la importancia social de la ópera, lo que más le atrajo a Mozart de este género fue el desafío que supone la conjunción del teatro, la poesía, el canto y la música en una misma disciplina.
Etapas de las óperas mozartianas
La carrera teatral de Mozart, es decir su actividad en el mundo de la ópera, suele dividirse en tres períodos. El primero (de 1766 a 1772) se da a partir de su traslado a Viena, cuando siendo un niño escribe las primeras óperas bajo la atenta protección de su padre, Leopold Mozart. Apolo y Jacinto y La finta semplice se cuentan entre aquellas experiencias iniciales.
El segundo período (entre 1773 y 1780) se ubica luego de su éxito en Italia, y está marcado en su peripecia vital, por los intentos de conseguir un buen puesto cortesano desde el cual poder componer con tranquilidad. Desde el punto de vista de su producción operística, sigue siendo un período de pruebas diversas: de esta época se recuerdan Thamos y el melodrama Zaide, entre otras obras.
La tercera etapa comprende la década final de su vida y comienza con la composición de Idomeneo, una ‘ópera seria’ que todos los analistas señalan como la primera gran realización dramática de Mozart. A los 25 años entonces, como plantea Hugh Ottaway, el compositor de Salzburgo logra –bajo el influjo de los ideales de Gluck– combinar «las tradiciones italiana y francesa con gran maestría», dotándolas además de una «simpatía y penetración psicológica que constituyen la ‘modernidad’ de Mozart».
De este período de madurez datan las tres renombradas óperas que Mozart compusiera en sociedad con el libretista Lorenzo da Ponte: Le Nozze di Figaro (1786), Don Giovanni (1786) y Cossì fan tutte (1790). Las bodas de Fígaro, una ‘ópera bufa’ de ascendencia italiana, que se estrenó sin éxito en Viena, logrando al año siguiente un resonante éxito en Praga, dirigida por el propio autor. Este triunfo lo llevó a componer, pocos meses después y en tiempo récord, su famoso Don Giovanni. Mozart estaba viviendo el período más duro y doloroso de su corta e intensa vida: su hijo más pequeño y su amigo, el conde Hatzfeld, habían muerto, y la salud de su adorado padre, empeoraba día tras día. Parecería que estas dificultades templaron su pluma, llevándolo a crear situaciones dramáticas de gran intensidad que conviven a la perfección con los aspectos ‘bufos’ o graciosos, por cierto más triviales.
El malogrado genio se despediría de la ópera y de la vida con La flauta mágica (1791), que constituye la primera y tal vez la única obra maestra creada deliberadamente para las masas.
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