
Estas son las ocasiones en las que más satisfacción me produce poder escribir sobre la vida musical de nuestra ciudad, y que por tanto más agradecido me siento a La Tribuna por permitirmelo.
La gala lirica, —que poco tino en la denominación; una gala es interpretada, según la costumbre, por varias voces solistas o en conjunto— que tuvo lugar en el Teatro Circo el pasado día 9 de febrero se recordará como una de las mejores veladas líricas y una de las más emotivas realizadas en Albacete en los últimos tiempos, además de por sus cualidades musicales, por el hecho coadyuvante de que sus protagonistas, José Ferro y la OSA, fueran vecinos, conocidos e incluso amigos de muchos de nosotros.
La velada ofrecía un programa interesante en dos partes, cada una con un carácter especial. La primera parte, en el ámbito del lied, con dos de los Lieder eines Fahrendes Gesselen de Mahler, uno de Wolf y cinco de Schubert, cuatro de los cuales fueron orquestados por el director, J.L. Martínez. En esta parte nos causó alguna decepción la no interpretación del ciclo completo de las canciones de Mahler. Por otro lado no a todos los lieder —Schubert y Wolf— les sienta bien la orquestación de la parte pianística original para la que estaban concebidos, destruye su atmosfera. En cualquier caso la prestación vocal estuvo muy bien en todos ellos, por idoma e idoneidad vocal —su timbre oscuro es muy afín a este repertorio—, sólo empañado por algunos desajustes en la simultaneidad entre los pentagramas de instrumentos y voz, una tónica que estuvo presente en todo el concierto, debido, sin duda, a la falta de ensayos (¿no fue ésto quizás la causa de la retirada de los dos lieder de Mahler?).
La segunda parte estuvo dedicada en su totalidad a la atmosfera operística. Mozart (instrumental), Wagner, Bizet y Puccini, probablemente las actuales afinidades del cantante albaceteño. La obertura de las mozartianas Bodas de Figaro estuvo ejecutada con la exacta bis teatral que juastifica su función, y este es lo mejor que se puede decir de una interpretación de un fragmento musical teatral del XVIII. Ritmo y transiciones ágiles, estabilidad de conjunto y prestaciones solísticas destacables en el entramado contrapuntístico; una sorpresa pues muy agradable, con unos medios orquestales –por número de músicos— muy adecuados.
No se puede decir lo mismo de los medios necesarios para Wagner, cuya orquesta suelen estar más nutridas, pero fueron suficientes para disfrutar —rara vez ocurre en nuestra ciudad— de interpretaciones de fragmentos de óperas wagnerianas de la calidad de las escritas para Lohengrin y Maestros cantores de Nurnberg. Todos ellos fueron interpretados a muy alto nivel, lo que demuestra que José Ferrero se encuentra embebido del lenguaje y el estilo del creador germano.
Con un cambio total de lenguaje musical y literario se dio paso al último bloque del concierto, que se inició con un intermezzo orquestal de Carmen de Bizet, algo pobre por el error del arpa en el acopañamiento solista de la flauta. De esta misma ópera el cantante albaceteño ofreció una de las arias más célebres del repertorio “la fleur que tu m’avais jetée” de Don José, que levantó el entusiasmo del público y con razón, pero que con la vehemencia en su interpretación le resta algo de verdad, si es que ésta existe en música. Lo mismo ocurrió con el aria de Cavaradossi de Tosca de Puccini, aunque aquí más justificado por ser la más verista de las óperas de este autor, pero yo —y digo, yo— sigo pensando que a esta página le viene bien un apasionamiento ma non troppo.
En fin, una excelente velada —aunque con desajustes propios de pocos ensayos— que decubre a un cantante maduro, que ha experimentado en los últimos tiempos una preparación y calidad que justifica que, en una cuerda donde hay crisis de buenos intérpretes, se abra un hueco en los teatros más importantes de nuestro país y Europa. Nos alegramos por él y por nosotros. Felicitaciones a la orquesta y a su director. Los organizadores esta vez han acertado de pleno.