
El joven autor de óperas
En el mes de septiembre de 1767, la familia Mozart, empujada por la ambición de sacar partido a las nupcias de María Josefa (hija de la emperatriz María Teresa, la gran protectora del Wolfgang niño), emprende con estas expectativas un viaje a Viena, donde permanecerá todo el año de 1768. Las ilusiones y el objetivo de Leopold – el padre Mozart– tropiezan, sin embargo contra graves adversidades: primero la epidemia de viruela (con la consiguiente “fuga” de los Mozart al retiro de Olomouc, para escapar del contagio), y luego las repercusiones de la muerte del emperador (con el nuevo tren de austeridad y economía de la casa imperial, inaugurado por María Teresa y su hijo José II y, finalmente, la actitud hostil hacia la actividad musical del joven músico (así, la ópera La finta semplice, K 51, víctima de este solapado obstruccionismo, no llegó a estrenarse).
Uno de los pocos paréntesis de serenidad de este año en la capital imperial fue la invitación de un curioso personaje vienés, el doctor A. Mesmer, pionero del magnetismo, para que compusiera un “singspiel” (género teatral típicamente alemán, dividido en partes cantadas y recitadas, parecido a la “opéra-comique” francesa, a la “ballad-opera” inglesa y a la zarzuela española), que se representaría poéticamente en su teatro al aire libre. Para la redacción del libreto, Mozart se dirigió a F.W. Weiskern, el cual, inspirándose en la célebre comedia pastoril de J.J. Rousseau, Le devin du village (El adivino del Pueblo), de 1752 (y más precisamente en la “parodia” que de la misma circulaba a la sazón, elaborada por Madame Favart sobre el texto de Rousseau), adaptó al singspiel vienés, si bien con medios rudimentarios y en un lenguaje algo pesado, la eterna historia de los dos amantes y del mago que devuelve a la persona amada. En la escritura del libreto o, mejor dicho, en la traducción a verso de algunos diálogos, colaboró también con Weiskern A. Schachtner, trompa miembro de la orquesta de Salzburgo y gran amigo de los Mozart.
Mozart como es de suponer, se prendó de este ingenuo libreto-fábula y, aún entusiasmado por la música teatral escuchada en París (las óperas de F.A. Philidor, A. Grétry y P.A. Monsigny, creadores de la “opéra-comique” francesa, pero más aún las canciones de baile de Speronte), compuso con facilidad, en poco más de un mes, esta breve, ingenua y serena partitura.
Puede apuntarse que entre los logros de esta ópera, que, aunque más sencilla, es más coherente que su coetánea La finta semplice, están la sobriedad y simplicidad de la construcción –no hay arias propiamente dichas, hay más bien canciones (lied)– y la utilización de los instrumentos de viento, incluidas sorprendentemente las flautas.
Algunos fragmentos revelan a un liederista nato, que sabe fundir el arte culto con el arte popular, y sitúan desde este momento la capacidad inventiva de Mozart.
En esta ópera aparecen dos rasgos distintos que anuncian ya el futuro en la música de este artista: la seguridad con la que se trata a la pequeña orquesta y el instinto dramático demostrado, por ejemplo, en el jovial inicio del terceto final.
A Bastián y Bastiana Mozart supo darle esa cándida plenitud estilística y ese tono cordial y populachero por los que esta operita sin pretensiones sigue manteniendo aún hoy toda su vitalidad. El cálido tono pastoril, que crea la atmósfera idónea para la acción, se mantiene eficazmente hasta el final.
Es un trabajo que aún se representa en la actualidad de cuando en cuando y muy idóneo para los teatros de marionetas y para público infantil y juvenil.
No hay comentarios:
Publicar un comentario