20 noviembre 2013

Leonora de Verdi. A propósito de la representación de Il Trovatore de Verdi en el Teatro Circo. 20/11/13

No se asusten: no es una nueva ópera de Verdi, ni he cometido un desliz al encabezar el título. Es la modesta crónica que pretendo hacer de los que pudimos ver y oír en la pasada representación de Il trovatore de Giuseppe Verdi, que el pasado miércoles 20 de noviembre en el Teatro Circo de nuestra ciudad. He elegido adrede este título porque refleja lo que —a mi juicio— ocurrió en la pasada función.

Con Il Trovatore, Verdi desnuda los sentimientos más extremos del hombre, nos mueve continuamente entre contrastes opuestos, amor y odio, violencia y calma, venganza y ternura, celeridad y suspensión o vulgaridad y refinamiento, personalmente considero que es la primera ópera de Verdi con un solo color predominante y muy reconocible, oscuro, violento y triste, que la convierte en su obra más romántica.

La melodía que derrocha esta ópera es de las más ricas de las creadas por Verdi y cada una de ellas refleja perfectamente la situación dramática o se hace perfecto eco de los sentimientos personales que viene a acompañar. Prácticamente no existe ningún momento de falta de interés melódico en toda la obra.

Consecuentemente se precisa para un buen Il Trovatore de cuatro voces de excepción manejadas a su vez por cuatro intérpretes de preparación ejemplar, con sentido justo del canto verdiano. Por eso es tan difícil hoy representar esta ópera con la debida solvencia. Y aquí es donde naufragó, en parte, la función de la pasada noche.

Antes de comentar la interpretación musical, quiero hacer constar que hace falta valor, coraje y amor al género para atreverse a llevar a cabo una empresa como poner en escena esta ópera en el Año de conmemoración de Verdi, en una época de estrecheces económicas en todos los campos. Vaya pues por delante mi respeto al proyecto de poner en gira un espectáculo para el disfrute del público de toda la geografía española con resultados más que dignos.

Encabezo este comentario hablando de Leonora. A mi juicio fue todo un descubrimiento. La soprano lírica extremeña Carmen Solís, toda una desconocida para mí, tuvo la mejor interpretación de la noche. Según lo señalado arriba fue la única intérprete que verdaderamente homenajeó a Verdi. Voz de una calidad excelente, dejó claro en su aria de salida su canto despojado, auténticamente verdiano en el fraseo, y su capacidad para exhibir agilidad y brillo en la cabaletta. Pero su gran momento lo tendría reservado para el cuarto acto en el que combinó además capacidad dramática a raudales, canto florido en un momento donde su tesitura está convocada en los tres registros, precisando además de bastante empuje vocal. Y todo sin salir ni un momento de escena para un mínimo descanso. Sin duda fue lo mejor de toda la noche y por lo que mereció asistir a esta representación.

El papel de Manrico a cargo de Eduardo Sandoval tenor lírico spinto estuvo a mucha distancia de Leonora. Su voz fue a menos en lo técnico y aunque posee medios, timbre y color, su fraseo fue todo menos pausado y matizado.

El conde de Luna (Javier Galán) y Azucena (Inés Olabarria) solventaron sus papeles con más arrojo que buenos resultados.

El reducidísimo coro, cuya función es esencial y tiene dos páginas memorables, no tuvo el empaste ni la consistencia exigible a un coro si no fuera porque éste estuviera formado por aficionados. Y la orquesta en esa misma línea. Fue la suma de unos músicos convocados para esta producción y salir del paso, como si este aspecto fuera el menos importante. Craso error. Y claro con esos mimbres su director, Francisco Antonio Moya no logró en ningún momento transmitir la magia de la música de Verdi y en su demérito, no achacable solo a sus músicos, nos hizo sufrir una falta de cuadratura entre la escena y el foso considerable. Era como si la melodía de la voz y la de la orquesta se persiguiesen la una a la otra cuando debían ser al unísono.

La puesta es escena podría haber sido más imaginativa para solventar la falta de medios, pero sólo en el último acto resultó más que aceptable.







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