Con Il Trovatore, Verdi desnuda los sentimientos más extremos del hombre, nos mueve continuamente entre contrastes opuestos, amor y odio, violencia y calma, venganza y ternura, celeridad y suspensión o vulgaridad y refinamiento, personalmente considero que es la primera ópera de Verdi con un solo color predominante y muy reconocible, oscuro, violento y triste, que la convierte en su obra más romántica.
La historia de Il trovatore se une de manera constante con hechos pasados, y su acción consiste en la revelación parcial de esos momentos ya acontecidos. Incluso el primer redoble de tambor suena como un eco de ese pasado, pronto comenzará el primero de muchos relatos que constituyen la estructura de la ópera; ya que la mayor parte de la acción no tiene lugar en el escenario, Verdi se limita a describir los hechos.
Esta falta de acción real crea un ambiente surrealista, fatalista y oscuro que deja intuir un destino que parece no estar en manos de los protagonistas.
Giuseppe Verdi se sintió siempre atraído por el universo histórico español, lo elige anteriormente con Ernani y Alzira y después de Il Trovatore con La Forza del Destino y Don Carlo, el libreto, basado en la exitosa obra romántica de Antonio García Gutiérrez, “El Trobador” estrenada en Madrid en 1836, fue elegido por el mismo Verdi.
“Querido Cammarano, el tema que me interesa en este momento y que deseo proponerle es El Trovador, un drama español de Gutiérrez, se me antoja muy bello, rico en ideas y situaciones fuertes. Quisiera contar con dos papeles femeninos: el principal una gitana, una mujer de un carácter especial; ella le dará el nombre a la ópera. La otra parte será para la segunda cantante. ¡Manos a la obra!…” Carta de Verdi a Cammarano el 2 de Enero de 1850.
Pero Cammarano no respondió a Verdi, no fue hasta después del estreno de Rigoletto, el 11 de marzo de 1851, que Verdi, enojado con el libretista por su silencio, volverá a insistir.
Salvatore Cammarano, libretista napolitano, autor entre muchos libretos de Lucia di Lammermoor de Donizetti y de los verdianos Alzira, La battaglia di Legnano y Luisa Miller, realiza un buen trabajo de síntesis del complicado melodrama español, eliminando personajes como el hermano de Leonora, Don Guillén, Don Lope de Urrea, papel cómico, y algunos papeles secundarios, creando el personaje de Ferrando que actúa como narrador. También eliminó el segundo acto de la obra por completo, pasando de cinco a cuatro.
Desgraciadamente Cammarano murió en Julio de 1852, antes de poder terminar el tercer acto y Verdi confió a Leone Emanuele Bardare, joven poeta, amigo y colaborador del difunto libretista su finalización, aunque el propio Verdi trabajaría en el libro.
Quizá debido a esos contratiempos o al exceso de celo muy típico de Verdi en abreviar y sintetizar hasta el extremo, el libreto de Il Trovatore resulta confuso y carente de racionalidad, probablemente también influye la buscada eliminación de los sucesos históricos en los que se basa la obra teatral, la lucha por el trono de Aragón provocado por la muerte de Martín I, sin descendencia legítima en 1410.
El Trovador ha sido desde el principio considerada como “ópera de cantantes”, de hecho fue la primera obra musical en hacer necesarias nuevas tipologías vocales más especializadas, por ejemplo Leonora inaugura la clasificación de soprano lirico-spinto de coloratura de todo el repertorio.
Realmente Verdi exprimió al máximo la tesitura, la expresión y la potencia en el canto como nadie lo había hecho antes.
A veces, ese virtuosismo vocal cae en excesos que nos alejan de las intenciones dramáticas de la obra, ya de por sí bastante increíbles.
Los personajes principales forman el triángulo habitual: tenor, soprano y barítono. Verdi buscando siempre un elemento de sorpresa y de interés lo vuelca sobre el papel de Azucena.
La unidad se logra por el color orquestal y la recurrencia de algunos símbolos básicos como la noche, la luz del fuego, el sonido del hierro en martillos o cadenas, que señalan el implacable e inevitable destino.
Vamos con un breve argumento de esta ópera. La acción nos sitúa en la España del siglo XV, en Aragón y en Vizcaya, intentaré resumir la extravagante historia.
La gitana Azucena, para vengarse del viejo Conde de Luna, por haber quemado viva a su madre, rapta y arroja en la misma hoguera a uno de los dos hijos del Conde. Pero en su delirio se confunde de niño y es su propio hijo quien acaba muerto.
Hasta aquí es el relato del pasado.
Ya adulto, Manrico, trovador y pretendiente de Leonora, es hijo adoptivo de la gitana, superviviente del terrible error y, por tanto, hermano del actual Conde de Luna, su enemigo en guerra. Aunque eso lo desconocen todos los personajes exceptuando, claro, a Azucena. El conde también está enamorado de Leonora, pero la bella joven sólo corresponde al amor del trovador.
Manrico y Azucena acaban en la prisión del Conde. Leonora se ofrece a cambio de la vida de su amado, el Conde acepta, pero Leonora se suicida antes de caer en sus manos. Fuera de sí por la pérdida de su amada, ordena la muerte de Manrico, la gitana confiesa al Conde en ese mismo momento que ha matado a su propio hermano, consiguiendo su deseada venganza.
En la mente de Verdi, Azucena iba a ser el papel principal del drama, en un principio quiso titular su ópera La Zingara o La venganza.
Azucena es el único personaje no estereotipado, es el motor de todos los acontecimientos, quien decide en cada momento lo que mostrar o esconder, el resto de personajes parecen marionetas en sus manos. Es la única madre en todo el repertorio verdiano, tan abundante en padres, basta citar a Rigoletto o a Germont en la propia trilogía popular, pero Azucena es una madre muy especial, secuestra a un niño que convertirá en su hijo adoptivo después de arrojar al fuego al suyo propio por equivocación, ante las dudas de Manrico, la gitana, para convencerle de que era realmente su madre, tiene que recordarle cómo le salvó en el campo de batalla y aunque se debate entre el amor filial y el odio, al final prefiere callar ante el Conde viendo morir a ese hijo con el fin de cumplir su terrible venganza. ¿Qué madre haría tales cosas?
Con un timbre único de mezzo e innumerables frases en el grave, la gitana es sin duda el único personaje realmente complejo, es admirable cómo nos atrapa en esa tensión ambigua con sus rápidos cambios entre estados cercanos a la alucinación febril y terribles momentos de lucidez fría. Su personaje mantiene siempre una mirada en el pasado, la gitana se expresa principalmente a través de extensos monólogos narrativos.
Sus melodías se basan sobre todo en frases cortas muy tensas, casi monótonas y repite a menudo patrones rítmicos, muy logrados en su canción obsesiva “Stridea la vampa”.
Las habilidades dramáticas requeridas para cantar Azucena igualan a las vocales, por esa alternancia constante y violenta de estados de ánimo, cantos sombríos y obsesiones aterradoras, Azucena es un personaje totalmente diferente en la colección de papeles femeninos de Verdi y realmente innovador en el teatro lírico hasta la fecha.
A diferencia de Azucena, los restantes protagonistas responden dramáticamente a los arquetipos firmemente consolidados de la ópera romántica.
La figura de Leonora se mantiene aparte. Ella no tiene vínculos aparentes con el pasado que mueve al resto de personajes, realmente no se sabe nada de ella, pero es el catalizador esencial para las reacciones que van a tener lugar.
Leonora es un carácter esencialmente lírico, lo ideal sería una soprano spinto de agilidad ya que, además de la fuerza dramática, se mueve con frecuencia en largas frases melódicas belcantistas, aderezadas de coloratura. Es una encarnación de los ideales de amor y belleza. Verdi crea el personaje más irreal, abstracto y elegante de todo su teatro, de amor puro hasta su autodestrucción, es una mujer melancólica y atormentada, profundamente enamorada de Manrico, aunque lo confunda con el Conde en la escena del jardín. Dispuesta a tomar los hábitos por la muerte de su amado y a dar su propia vida para salvarle antes que entregarse al rival. Se define a la perfección en la exquisita melodía de “D’amor sull’ali rosee”.
Manrico y el Conde Luna son los antagonistas masculinos. El primero es un tenor heroico, Verdi destaca especialmente su orgullo rebelde y su impulso guerrero, la famosa cabaletta “Di quella pira” define perfectamente ese ardor de héroe guerrero. Sin embargo también posee un intenso lirismo, el genio de Busseto le regala probablemente su melodía más bella escrita para tenor, “Ah! Sì, ben mio” en el fondo il trovatore es un héroe melancólico, frustrado en sus aspiraciones, probablemente mejor “hijo crédulo” que amante enamorado.
Il Conte di Luna es el papel menos espiritual y más lineal de la ópera, es un barítono celoso y vehemente, muy a menudo comprometido al borde de la extensión aguda, como en su entusiasta cabaletta, pero al mismo tiempo capaz de sucumbir ante una pasión amorosa cantando con línea suave y sinuosa un inspirado “Il balen del suo sorriso”. Su amor hacia Leonora es más lujuria que sentimiento puro, no duda en aceptar el ofrecimiento de la bella joven aunque sepa que no es verdadero sino provocado para salvar a Manrico.
Los cuatro personajes principales viven en una enorme soledad, en una falta de comunicación continua, baste pensar que no hay un solo dúo de amor entre Leonora y Manrico. El inútil sacrificio de Leonora, los celos del Conde, las mentiras de Azucena o la impulsiva inconsciencia de Manrico, subrayan esa terrible soledad de mundos diversos que nunca se llegan a encontrar
La historia roza lo absurdo pero ¿a quién le importa? más que en ninguna ópera, El Trovador está fuera de los límites de la realidad, está en la imaginación, es un magnífico sueño fantástico.
Es una ópera nocturna, el fuego está siempre presente en escena, bien sea como una llama que calienta a los soldados en la guarnición de Luna o que arde en el campamento de los gitanos, las antorchas de la prisión de Manrico, las velas conventuales del retiro de Leonora, la famosa pira amenazante… aunque la más presente no se encuentra en escena, sino en el pasado, aparece ya en el relato de Ferrando al inicio y por supuesto en la memoria de la vengativa Azucena.
Pero la luz de todos esos fuegos no es capaz de iluminar la oscuridad total, física y psicológica, que envuelve por completo la ópera que el genio de Giuseppe Verdi expresa a la perfección.
Sus melodías se basan sobre todo en frases cortas muy tensas, casi monótonas y repite a menudo patrones rítmicos, muy logrados en su canción obsesiva “Stridea la vampa”.
Las habilidades dramáticas requeridas para cantar Azucena igualan a las vocales, por esa alternancia constante y violenta de estados de ánimo, cantos sombríos y obsesiones aterradoras, Azucena es un personaje totalmente diferente en la colección de papeles femeninos de Verdi y realmente innovador en el teatro lírico hasta la fecha.
A diferencia de Azucena, los restantes protagonistas responden dramáticamente a los arquetipos firmemente consolidados de la ópera romántica.
La figura de Leonora se mantiene aparte. Ella no tiene vínculos aparentes con el pasado que mueve al resto de personajes, realmente no se sabe nada de ella, pero es el catalizador esencial para las reacciones que van a tener lugar.
Leonora es un carácter esencialmente lírico, lo ideal sería una soprano spinto de agilidad ya que, además de la fuerza dramática, se mueve con frecuencia en largas frases melódicas belcantistas, aderezadas de coloratura. Es una encarnación de los ideales de amor y belleza. Verdi crea el personaje más irreal, abstracto y elegante de todo su teatro, de amor puro hasta su autodestrucción, es una mujer melancólica y atormentada, profundamente enamorada de Manrico, aunque lo confunda con el Conde en la escena del jardín. Dispuesta a tomar los hábitos por la muerte de su amado y a dar su propia vida para salvarle antes que entregarse al rival. Se define a la perfección en la exquisita melodía de “D’amor sull’ali rosee”.
Manrico y el Conde Luna son los antagonistas masculinos. El primero es un tenor heroico, Verdi destaca especialmente su orgullo rebelde y su impulso guerrero, la famosa cabaletta “Di quella pira” define perfectamente ese ardor de héroe guerrero. Sin embargo también posee un intenso lirismo, el genio de Busseto le regala probablemente su melodía más bella escrita para tenor, “Ah! Sì, ben mio” en el fondo il trovatore es un héroe melancólico, frustrado en sus aspiraciones, probablemente mejor “hijo crédulo” que amante enamorado.
Il Conte di Luna es el papel menos espiritual y más lineal de la ópera, es un barítono celoso y vehemente, muy a menudo comprometido al borde de la extensión aguda, como en su entusiasta cabaletta, pero al mismo tiempo capaz de sucumbir ante una pasión amorosa cantando con línea suave y sinuosa un inspirado “Il balen del suo sorriso”. Su amor hacia Leonora es más lujuria que sentimiento puro, no duda en aceptar el ofrecimiento de la bella joven aunque sepa que no es verdadero sino provocado para salvar a Manrico.
Los cuatro personajes principales viven en una enorme soledad, en una falta de comunicación continua, baste pensar que no hay un solo dúo de amor entre Leonora y Manrico. El inútil sacrificio de Leonora, los celos del Conde, las mentiras de Azucena o la impulsiva inconsciencia de Manrico, subrayan esa terrible soledad de mundos diversos que nunca se llegan a encontrar
La historia roza lo absurdo pero ¿a quién le importa? más que en ninguna ópera, El Trovador está fuera de los límites de la realidad, está en la imaginación, es un magnífico sueño fantástico.
Es una ópera nocturna, el fuego está siempre presente en escena, bien sea como una llama que calienta a los soldados en la guarnición de Luna o que arde en el campamento de los gitanos, las antorchas de la prisión de Manrico, las velas conventuales del retiro de Leonora, la famosa pira amenazante… aunque la más presente no se encuentra en escena, sino en el pasado, aparece ya en el relato de Ferrando al inicio y por supuesto en la memoria de la vengativa Azucena.
Pero la luz de todos esos fuegos no es capaz de iluminar la oscuridad total, física y psicológica, que envuelve por completo la ópera que el genio de Giuseppe Verdi expresa a la perfección.

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