Elektra de Richard Strauss, con libreto de Hugo von Hofmannsthal. Director musical:Semyon Bychkov. Dirección de escena:Klaus Michael Grüber, realizada por Ellen Hammer. Escenografía: Anselm Kiefer. Con Christine Goerke/Deborah Polaski, Manuela Uhl/Ricarda Merbeth y Jane Henschel/Rosalind Plowright. Sinfónica de Madrid. Producción del teatro San Carlo de Nápoles, 2003. Teatro Real, 2 de octubre.
La temporada del Teatro Real diseñada por Mortier ha comenzado con un gran clásico de principios del siglo XX, Elektra de Richard Strauss, en una producción de hace ocho años. Con ello responde a su inquietud por revalorizar el repertorio del siglo pasado, al mismo tiempo que satisface los gustos conservadores en un gesto de pragmatismo completamente alejado de cualquier riesgo. Detrás de esta partitura resuenan ecos de Wagner llevados al límite del arrebato, con progresiones armónicas infinitas y un empuje rítmico infatigable. La intensidad del espectáculo hace que las casi dos horas pasan como un suspiro, dejando la sensación de haber realizado un ejercicio extenuante sin darnos casi cuenta. La enorme orquesta desde luego que se ejercita a plena conciencia, con un frenesí dinámico que el maestro ruso Bychkov supo mantener de principio a fin. La densidad se conjugó con una magnífica organización del tejido sonoro, separando con claridad los distintos planos. La traza magistral de la partitura brinda esta posibilidad, pero requiere para el envite una formación de primera. Tras el descanso estival, la Orquesta del Teatro Real ha puesto de relieve su calidad y entusiasmo, que se hace más evidente cuando no está sobrecargada de servicios y cuenta con una batuta a la altura de la partitura y de los intérpretes, como aquí ha ocurrido. Los vientos, que gozan de una excelente salud y escuela, pudieron desplegar su nobleza con una enorme calidad; la cuerda fluyó bien conjuntada, con una excelente base de los graves, llenos de siniestros e inquietantes ecos; y la percusión supo administrar con tacto las explosiones requeridas por el discurso. La orquesta es un personaje central de esta tragedia. Su constante intervención conduce y subraya las evoluciones del psicodrama: la entrada de la reina Clitemnestra, la anagnórisis, o la vertiginosa danza final. La orquesta fue la gran triunfadora de la sesión.
Se alternaban dos repartos, cambiando de uno a otro las tres principales voces femeninas. Christine Goerke derrocha una gran frescura vocal como Elektra, pero Deborah Polaski, más limitada en el registro agudo, la supera en sutileza interpretativa y en matices expresivos. La Elektra discográfica de Barenboim y el propio Bychkov tiene una veteranía teatral que no está al alcance de cualquiera. Su construcción del personaje es profunda. Polaski fue la gran triunfadora del segundo reparto. Hablando de grabaciones, Jane Henschel y Manuela Uhl son la Klytämnestra y Chrysothemis, respectivamente del DVD de 2010 de la Filarmónica de Munich dirigida por Thielemann en una puesta en escena de Wernicke. Casi nada.
La puesta en escena del maestro Grüber es funcional y clasicista, pero no tan expresiva como la parte musical. No me convenció la dirección ni el movimiento de los personajes. Da la sensación de que se convierte la necesidad en virtud, aunque las torpezas pudieran ser consecuencia de que la producción se ha embotado por la ausencia de su creador, que murió hace tres años. El decorado sugiere un búnker de hormigón en algún territorio en guerra. Sus cuatro alturas resultan muy espectaculares y configuran un espacio cerrado y opresivo, con referencias a la gramática de la arquitectura clásica. La iluminación se ciñe eficazmente a los distintos climas emocionales mientras que, por el contrario, el vestuario de camisones y gabardinas parece muy convencional. El déficit contrarresta el carácter de denuncia que podría entrañar el concepto escénico, con alusiones críticas a la guerra. La producción del año 2003, procedente de Teatro San Carlo de Nápoles, ha sido una estupenda obertura para la singular temporada que este año ofrece el Teatro Real. Ha sido un grandioso espectáculo de las emociones, una gran catarsis de música y teatro.
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