29 enero 2010

NI EL FANTASMA DE PAVAROTTI

El pasado mes de octubre se presentó en nuestra ciudad el ciclo “Voces por un Centenario”, un programa de actuaciones de distintos cantantes que se podrán disfrutar hasta la llegada de la Feria del año próximo con motivo del cumplimiento del tercer centenario de su proclamación como tal.


En el ciclo tienen cabida cantantes (o grupos) que practican distintos géneros musicales: Pau Donés y su grupo Jarabedepalo, la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, Ignacio Encinas, Persefone. The Sunday Drivers, Víctor Manuel, Pasión Vega, José Mercé, Diana Navarro, y los albaceteños: José Ferrero, Gabriel Blanco, Lucía Escribano, Fuensanta Morcillo y Elsa Tárraga.


En la citada rueda de prensa parece que nadie explicó a qué venia el nombre de “Voces por un Centenario” y con qué criterios se había realizado su programación. A falta de otra interpretación más bien parece que se trate de una operación de marketing cultural consistente en aglutinar bajo una denominación que “suene” al público a una serie de músicos a los que ni siquiera les une que hayan destacado por aspectos relacionados con la voz –a excepción hecha de los cantantes líricos–, sino más bien como valores culturales.


Siendo tan poco relevante la iniciativa desde el punto de vista musical, no parece arreglarlo –en el terreno del canto lírico– lo oído hasta el momento con los cantantes Nancy Fabiola e Ignacio Encinas. Mientras ella, buena cantante y de calidad contrastada, no se entregó en su recital albaceteño, él aún no nos explicamos cómo ha podido ser incluido en este ciclo. Si hasta ahora éste nos parecía poco relevante, ahora nos lo parece menos. Una iniciativa de baja relevancia cultural, justo lo contrario de lo pretendido.


Con el pretencioso título de “Pavarotissimo” el tenor Ignacio Encinas y el pianista Tulio Gagliardo se presentaron en el Teatro Circo, en un acto organizado por Cultural Albacete para, en palabras del cantante a LA TRIBUNA “rememorar su nombre y llevar su «doctrina» donde pueda”. Quizás estas intenciones pudieron animar a los organizadores a la hora de incluirlo en la programación.

El programa estaba integrado por arias célebres de opera y por canciones napolitanas, caballo de batalla, las primeras, y placer interpretativo, en las segundas, hicieron célebre al cantante de Modena (Italia), uno de los más grandes de la historia del canto. La misma confección del programa ya nos pareció un síntoma del poco brillo que iba a tener la velada, pues no se entiende la mezcla de obras interpretadas sin sentido. Hubiera sido más ilustrativo haber diferenciado las interpretaciones por afinidad estilística, o por lo menos con capacidad de evocar al homenajeado. Claro que por lo oído éste fue un problema menor, pues el cantante interpretó todo sin el más mínimo matiz, como si se tratara de una única obra.


Suelo tener por costumbre buscar información sobre los interpretes y las obras previstas en los conciertos a los que acudo. Encontré una grabación de Encinas en un recital de zarzuela junto a otra cantante. La grabación no especificaba la fecha de realización, pero debió ser de hace bastantes años a tenor de desgaste sufrido. Su voz en la pasada velada dio síntomas de agotamiento, ajada, con problemas técnicos provocados por falta de control, poco agraciada en cualquiera de los registros, de sonoridad poco grata: en los graves, sonido cavernoso, mal apoyado, desafinado, con sonidos espurios; y en el agudo, siempre “sforzando”, destemplado, calante, estrangulando. Por todos estos problemas la dicción se resiente, la voz no corre con naturalidad. Una persona ajena a este tipo de canto podría pensar que quien está en el escenario esta a punto de sufrir un problema físico o una pifia. Los problemas del cantante con el fiato fueron asombrosos. Respiraba cuando lo necesitaba, no cuando la música lo precisaba.


Por musicalidad las obras de Verdi, Flotow y Puccini parecieron canciones napolitanas y éstas arias de ópera. Muchos cantantes hemos conocido que sin estar en las mejores condiciones técnicas han aportado “tablas”, experiencia artísica para suplirlas. No fue el caso.


El acompañamiento al piano de Tulio Gagliardo estuvo a la misma poca altura de las recreaciones del cantante. Mas que acompañar fue una rémora para él.


La falta luz en la sala hizo inútil el programa de mano, que por otro lado no contenía información relevante en forma de notas, traducción de los textos… y los curriculum irreales.



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