
Cita habitual para los melómanos en Cuenca. La meca de la música para los creyentes católicos y también para los ateos, pues los mejores ejemplos de música religiosa —pensamos— hayan sido creados por sus autores por encargo a mandato de los que sufragaban su sustento, o bajo un ambiente general donde la religión doblegaba la libertad individual de las personas, como ocurre en algunas zonas del planeta en la actualidad.
Dos conciertos pude escuchar en esta ciudad. El primero fue una revelación total. Por descubrir una magnífica sala, la antigua iglesia de la Santa Cruz —ahora reconvertida en sala de cultura— que posee una magnífica acústica. Otro punto a favor de mi expectación ante este concierto era que iba a escuchar por primera vez —además en directo— una actuación del Cuarteto Bretón. Qué suerte que algunos de los conciertos incluidos en esta Semana de música religiosa, no tengan ningún carácter religioso. En el programa dos cuartetos de la tártara Sofia Gubaidulina (1931—), los números 2 y 3, una experiencia de música actual en donde se ponen en práctica técnicas que nunca había escuchado en un cuarteto como es tocar sólo con la mano izquierda golpeando las cuerdas contra el mastil (como hacen los guitarristas y bajistas de instrumentos modernos —tapping, creo que se llama—). El programa continuó sin solución de continuidad con el cuarteto nº 2 del vasco Jesús Guridi (1886-1961) que me pareció todo un descubrimiento por la calidad de su música —no igual en toda la obra—, pero que se alza entre los curiosos, e injustos, olvidos que se han producido en la historia de la música española. Por ello ha sido importante que la 52SMR lo haya programado este año. Las interpretaciones del Bretón me parecieron de gran nivel: tensas, matizadas, cuidadas y técnicamente ajustadas.
El segundo concierto tenía como eje de atracción una de las cimas de la música religiosa de todos los tiempos, debida al genio de Mozart; al nivel de las misas de Bach (en si menor), la de Beethoven (solemnis) y el Requiem con el que comparte que ambas obras las dejó inconclusas. Antes de esa obra, lo que a la postre sería lo mejor de la noche en términos interpretativos, escuchamos los “Motetes para el tiempo de penitencia” de Poulenc. Ambas obras tienen algo en común aunque sus autores estuvieran tan alejados en el tiempo: reelaborar desde una nueva visión técnicas compositivas del pasado. Poulenc se basa en Palestrina y T. L. de Victoria y Mozart en Bach o Haendel. A mi este juego me apasiona. Por eso la música de Poulenc nos sobrecogió, ayudado de un magnífico Orfeón Donostiarra, sin duda la mejor agrupación coral de España. En Mozart sin embargo la decepción se apoderó de mis oidos. Orquesta moderna, brillante, incluso mal empastada con algunos problemas de coordinación con el coro —que denotaban falta de ensayo—, algunas deficiencias instrumentales (recuerdo aún la desafinación de los trombones en al santus). El cuarteto vocal no fue para recordar. Menos mal que el Orfeón Donostiarra estuvo a nivel estratosférico, pues el director condujo la obra de una manera vulgar, acelerada, sin misterio, inexpresivamente, solo atento a la orquesta y no a solistas y coro a los que solapó incomprensiblemente. Y eso que la orquesta era la del Mozarteum de Salzburgo. Pues bien, si allí es posible que hagan el mejor de las interpretaciones de Mozart —cosa que dudo— la pasada noche en Cuenca no lo hicieron.

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