01 diciembre 2005
A Don Quijote le gustaban Mozart y Rossini
El pasado día 26 de noviembre tuvo lugar la primera representación de abono lírico del Teatro Circo con la interpretación de Don Chischiote de Giovanni Paisiello, a cargo de la compañía Teatro Lírico de Europa y Ópera 2001.
Esta representación era la primera de dicho abono aunque no la primera de la temporada, pues antes que ella otro Quijote subió a escena, el de Manuel García, compositor sevillano contemporáneo de Rossini. Y no será el único, pues el mes de diciembre nos llega con el estreno mundial de la ópera de Tomás Marco sobre el héroe cervantino. Ello en una suerte de pequeño festival sobre el personaje cervantino en el momento en que se conmemora el IV centenario de la edición de la primera parte del Quijote. A las dos primeras dedico este comentario.
La ópera de Manuel García es el producto de una época y su música. Es el reflejo de lo que un cantante insigne, como él, supo asimilar de la música de los compositores el momento o de los que formaban parte de su repertorio. Ecléctica hasta la médula, nos hace recordar tanto a Mozart como a Rossini, y no es extraño, pues el compositor sevillano era un excelente intérprete de ambos. El libreto, del que se desconoce su autoría, es muy flojo literaria y dramáticamente, aunque la prolija y, por momentos, confusa puesta en escena de Gustavo Tambascio –y sobre todo el vestuario y la escenografía de Jesús Ruiz– nos permitiera tener la sensación de estar delante de una obra importante. A nada ayudó la colaboración de la película que antecede a la representación, que tiene como protagonista a Teresa Berganza –al parecer la madrina del esfuerzo de la reposición–, pues hizo que la representación se alargara más de lo habitual en este tipo de repertorio. El numeroso elenco vocal no estuvo más que discreto y muy por encima de él la prestación de la joven orquesta gallega y el mimo y cuidado de su director: Juan de Udaeta. Ópera curiosa por donde se mire, se acerca más al modelo de ópera buffa, pero los diálogos en italiano sin recitativos secos o acompañados la acercan a la ópera cómica francesa. En fin, una música chispeante nos hizo rememorar el tipo de espectáculo propio de los teatros de ópera del siglo XIX, del que su compositor e intérprete ayudó a desarrollar.
A los pocos días damos un paso atrás en el tiempo y se nos propone la visión del mito cervantino desde otra perspectiva bien distinta, otro Don Chischiote italiano, a través del tamiz del estilo galante de la ópera napolitana que tanto ayudó a la consolidación de la ópera italiana. Tanto que hasta el propio Mozart se dejó influir por ella para la creación de sus grandes óperas, lógicamente –y por eso pasó a la cima de la historia de la Música– trascendiéndola y creando un legado artístico personal e inigualable.
El Don Quijote de Paisiello coloca al personaje en otra perspectiva histórica, la del momento en que se compuso la ópera –algo similar a lo que hacen ahora algunos directores de escena al situar en la actualidad libretos de hace siglos–, es decir lo hace un personaje napolitano de finales del XVIII y comienzos XIX. Al colocarlo en ese contexto y al arroparlo con personajes propios de la ópera napolitana, tomando de forma suelta algunos de los hechos narrados en el Quijote, nos ofrece un espectáculo curioso de peculiar enfoque. La música tiene de todo: momentos muy inspirados –algunos ahora nos recuerdan a Mozart, aunque sería éste quien los tomaría de Paisiello– y otros demasiado simplones para nuestros oídos de hoy acostumbrados, más de dos siglos después, a sutilezas mayores. En lo dramatúrgico, la ópera es deudora de la ópera barroca por su (en ocasiones) estatismo y elipsis narrativas.
La interpretación de la obra estuvo por encima de lo que normalmente da una producción pensada para girar por diferentes ciudades, con una sóla función en cada una de ellas. La escenografía fue rica, teniendo en cuenta que está pensada para levantar esa misma noche, con buena iluminación y con detalles agradables como que los extremos de la embocadura estaban decorados por dos palcos de un típico teatro a la italiana, lo que reforzó el carácter napolitano de la obra. Las limitadas cualidades teatrales de los cantantes nos hizo dudar del trabajo de dirección de escena, en algunos casos forzada y demasiado histriónica. En el aspecto vocal éstos en general estuvieron discretos y acordes con el buen tono general de la función. La falta de cuadratura en la interpretación vocal y orquestal –ésta por cierto no muy inspirada– y la ausencia de estilo “galante” en la música fue lo que caracterizó la realización musical.
Buenas oportunidades ambas, pues, para conocer dos propuestas artísticas distintas basadas en Don Quijote y merecido rescate de óperas que se estrenaban por primera vez en nuestro país. Buena labor la de los gestores del Teatro Circo por el entusiasmo que han puesto en esta empresa –el estreno de tres obras basadas en Don Quijote en menos de dos meses no es algo habitual–. Buen tono general en las representaciones, actividades paralelas que acrecientan el conocimiento de las obras representadas. En fin, que esta temporada podría ser recordada en el futuro como la mejor de las realizadas en nuestra ciudad. En buena hora.
Javier Hidalgo
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